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10 de enero de 2007 | #978

Sobre la actualidad de la Revolución de Octubre

A unque a partir de la disolución de la URSS se hizo ‘popular’ la caracterización de que el período histórico (de guerras imperialistas y revoluciones nacionales y revoluciones socialistas) abierto por la Revolución de Octubre se ha cerrado definitivamente, la tentativa de dar por clausurada esta época histórica tiene numerosos antecedentes. Fue inaugurada por una fracción de exiliados rusos, a partir de 1922, que caracterizaron a la “nueva política económica” del gobierno bolchevique (que favorecía la reapertura de los mercados), como un retroceso estratégico de la revolución hacia el capitalismo. Pero mientras que es incuestionable que, a partir de 1923, las normas capitalistas de explotación progresan sin cesar, y que luego se acentúan como consecuencia de la completa confiscación política de la clase obrera por parte de la burocracia, las tendencias de guerras y revoluciones del nuevo período mundial se agudizan. Así tenemos las revoluciones china y española; el fascismo, el nazismo y el franquismo —el comienzo de la Segunda Guerra Mundial.
 
Durante la Segunda Guerra Mundial, el planteo de la inviabilidad histórica de Octubre lo tomó una fracción de la IV Internacional que rechazaba la consigna de la defensa incondicional de la Unión Soviética, alegando que la burocracia de la URSS se había convertido en una clase capitalista que explotaba a los trabajadores a igual título que cualquier otro régimen burgués. El curso de la guerra, sin embargo, confirmó la esencia de la nueva época histórica, porque mientras los ejércitos de esa burocracia cometían los peores crímenes contra los pueblos a medida que avanzaban hacia el oeste, producía también el aplastamiento del nazismo y se veía obligada, por el conjunto de la situación histórica, a expropiar a las clases capitalistas derrotadas de los países que iba ocupando. El fin de la guerra, no hay que olvidarlo, estuvo acompañado por grandes guerras civiles, en especial la de Yugoslavia, Grecia, China e Indochina. En la posguerra se produjo la gran derrota del imperialismo francés en Indochina y del yanqui, más tarde en la misma región; Francia conoció, por su derrota en Indochina y la victoria de la guerra nacional en Argelia, una gran crisis política: un golpe de Estado y el surgimiento de un régimen bonapartista.
 
Es incuestionable que este nuevo escenario, en su conjunto, es muy diferente al de la situación previa a la guerra e incluso a la posguerra que la antecedió, en especial por la potente aparición de Estados Unidos en todos los continentes, por un lado, y por el aborto de la revolución socialista en los países más avanzados, por el otro. Pero a pesar de estas revoluciones inconclusas, también en este nuevo escenario se destacan las guerras engendradas por la dominación imperialista, así como los levantamientos nacionales (Argelia, la nacionalización del Canal de Suez) y los socialistas. La revolución cubana pone a América Latina en un nuevo período, porque supera en su desarrollo internacional a la revolución boliviana de 1952.
 
En esta posguerra hace aparición un fenómeno político nuevo: los levantamientos obreros en los países de la órbita de la burocracia rusa (Alemania Oriental, Polonia, Hungría), y la primera afirmación de una tendencia abierta a la restauración capitalista, en Yugoslavia. Con el crecimiento de la dependencia de estos nuevos ‘Estados obreros’ del capital financiero internacional y del FMI, se refuerzan las luchas sociales y políticas de las masas de esos países. Por una única vez, una huelga política de masas en ‘occidente’ (el mayo francés de 1968) se combinará en el tiempo con un levantamiento popular en el este (la “primavera de Praga” de marzo-agosto del mismo año).
 
A partir de los años ‘70, la posta de la denuncia del ciclo histórico de Octubre la recoge el llamado eurocomunismo. De un lado, para marcar su distanciamiento de la burocracia rusa y su acercamiento abierto al imperialismo que vetaba los gobiernos de coalición con los partidos comunistas en Europa; del otro, como una expresión de la confianza creciente que va ganando la tendencia a la restauración capitalista en la URSS. Fue también la respuesta de la burocracia al hundimiento de la experiencia chilena de “tránsito pacífico al socialismo”; o sea su adaptación internacional al criminal golpe del pinochetismo. Hacia esta misma época comienza a aparecer en el llamado Secretariado Unificado de la IV Internacional el viraje hacia la ‘democracia socialista’, que acabará, luego de la disolución de la Unión Soviética, en la renuncia formal a la dictadura del proletariado y a la declaración de que el período de Octubre había llegado a su fin (la derechización se corre cada vez más a la izquierda). A su manera, el funcionario del Departamento de Estado de los Estados Unidos, Francis Fukuyama, viene a decir lo mismo cuando asegura que la disolución de la URSS constituye “el fin de la historia”. Quiere decir, en realidad, que el período histórico de guerras y revoluciones que inaugura la victoria de los bolcheviques en 1917 ha concluido definitivamente.
 
Lo que tenemos de conjunto en esta catarata sucesiva de caracterizaciones similares es una especie de “teoría de Octubre en un solo país”; si las experiencias que tienen como referencia común a Octubre de 1917 (y en especial a la degeneración burocrática de ese Estado) han fracasado, esto significa el cierre definitivo de un período histórico completo. La revolución de Octubre, sin embargo, nunca cifró su éxito a la experiencia en un solo país sino en servir como punto de partida a un proceso revolucionario internacional. A los sepultureros políticos de Octubre no les importa que el mundo se encuentre más que nunca sometido a las condiciones que provocaron la revolución de Octubre y las revoluciones sociales y levantamientos nacionales posteriores. O sea que la disolución de la URSS y la restauración del capitalismo en China hayan reforzado el despotismo imperialista y su tendencia a la reacción y a la guerra, y con ello a nuevos levantamientos, insurrecciones y revoluciones.
 
La especie del “fin del ciclo abierto por la Revolución de Octubre”, se podría, sin embargo, aceptar perfectamente como hipótesis, si fuera acompañada por un planteo que delinee un nuevo comienzo revolucionario. Fue, por ejemplo, lo que hizo Marx, luego de las derrotas revolucionarias de 1848, que señalaron, ellas sí, el fin definitivo del ‘ciclo’ abierto por la revolución francesa de 1789. Fue lo que hizo también Engels, más de una década después de la derrota de la Comuna de París, en 1871. Ambos señalaron un nuevo punto de partida. Porque negar es afirmar; la crítica a la Revolución de Octubre es tal si es capaz de señalar el camino a una nueva Revolución de Octubre de alcance histórico superior. Pero los despreocupados profetas del fin de la época histórica abierta por la revolución de Octubre no nos proponen nada nuevo, sólo que nos saquemos de encima esa ‘pesada’ herencia histórica y la perspectiva de la dictadura del proletariado, y retornemos al camino que jamás habría que haber abandonado: el parlamentarismo de los delincuentes capitalistas. En definitiva, son absolutamente incapaces de negar (criticar) la tentativa de Octubre, o sea de ofrecer un punto de partida revolucionario renovado; se limitan a adorar, como lo han hecho siempre, los hechos consumados, como lo hacen ahora con la restauración capitalista, y nos proponen volver al siglo XIX (todas estas tendencias fueron adoradoras, en su momento, de la burocracia stalinista).
 
La historia ha conocido transiciones sociales que fueron incapaces de ofrecer nuevas perspectivas a la humanidad, y que fueron eliminadas o absorbidas por transiciones históricas posteriores: de la disolución del Imperio Romano, por ejemplo, no salió una transición histórica única, y varias de ellas fueron falsos puntos de partida con relación a un pasaje al capitalismo. Pero bajo el capitalismo y el imperialismo, los procesos históricos peculiares y las variedades nacionales han quedado subordinados a la realidad unificada de la economía y la política mundiales. Aunque Chávez pretenda un socialismo del siglo XXI, que no exigiría el gobierno obrero ni la expropiación de los expropiadores, o una rama del islamismo alimente ilusiones en la recreación del califato, ellas no reflejan nuevas posibilidades de transición histórica, sino el agotamiento definitivo del nacionalismo, sea laico o clerical, en la época de la economía mundializada. El capital puede reproducirse y se reproduce sin cesar, pero como fuerza histórica ha dado todo lo que podía dar; a partir de aquí es un factor de violencia, de reacción política, de opresión, es decir de guerras y de revoluciones.
 
Si algo prueba la disolución de la URSS burocratizada y la restauración del capitalismo, desde un punto de vista histórico, es que el régimen stalinista no era una ‘tercera vía’ entre el capitalismo y el socialismo —como vaticinaron muchos y temieron unos pocos. La historia ha confirmado que el Estado obrero degenerado es solamente un accidente histórico y que no hay otra alternativa al capitalismo que el socialismo internacional. El fracaso del stalinismo es la mejor muestra de la vitalidad del método marxista.
 
El estudio de la primera revolución proletaria victoriosa, en este 90 aniversario, deberá servirnos para entender por qué ella inaugura una nueva época mundial, no nacional, y por qué cualquier ‘nuevo’ punto de partida está obligadamente inscripto en la superación revolucionaria de esta época final de la sociedad capitalista.

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