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2 de abril de 2019

Malvinas, entre la crisis del régimen militar y su rescate

El desembarco argentino en las Islas Malvinas, que dio inicio a la guerra contra Reino Unido en 1982, tuvo lugar en el cuadro de una intensa crisis de los gobiernos de ambos bandos.

Con un descontento social creciente frente al aumento de la desocupación y los ajustes en el Estado, expresado en las huelgas mineras contra la política privatista que serían la antesala de la heroica rebelión del sector en ’84-’85, la continuidad de la conservadora Margaret Thatcher aparecía cuestionada incluso al interior de su partido.

La dictadura militar argentina encaraba, por su parte, su fractura interna y una crisis económica y social sin precedentes. Con pocos meses al frente, Leopoldo Fortunato Galtieri tenía frente a él un escenario de quiebra de bancos y empresas, nivel inaudito de desempleo, inflación, peso asfixiante de la deuda, y de recomposición de las luchas obreras y populares desde 1981 –desde la huelga de metalmecánicos en junio a las 10 mil personas que el 7 de noviembre habían cantado que “se va a acabar la dictadura militar”.

El 30 de marzo, más de 50 mil trabajadores disputaron por horas las calles a las huestes represoras del gobierno. La jornada de paro y protesta se constituyó en la mayor movilización política de masas contra los milicos, pese a la orientación de la burocracia de la CGT de Saúl Ubaldini, que limitaba sus planteos a la “reactivación del aparato productivo” y se declaraba “prescindente de la actual situación institucional”.

Los genocidas ya venían barajando una operación en Malvinas que hiciese de ‘pulmotor’ nacionalista ante la falta de aliento popular; y el 2 de abril tuvo lugar el anclaje nacional en Puerto Argentino (Port Stanley para los colonos). Se buscaba así arrastrar a los trabajadores detrás de la dictadura. Entre bambalinas, la cancillería de Galtieri negociaba con el imperialismo yanqui un nuevo estatus petrolero en el Atlántico Sur, con la participación de monopolios de ese país. A cambio de esa penetración económica, la dictadura aspiraba a la neutralidad yanqui en el curso del conflicto, y la habilitación a una salida negociada. Como veremos en seguida, la crisis política internacional barrió con estas elucubraciones.

Ante el desembarco

El desembarco fue saludado con una movilización ese mismo día por Ubaldini y la “Multipartidaria” –que integraban el PJ, la UCR y el Partido Comunista (entre otros), y que ya había intentado desbaratar (y luego criticado) la jornada popular del 30 de marzo.

Política Obrera, que poco después pasaría a ser el Partido Obrero, advirtió que “la ocupación de las Malvinas [por parte de la dictadura] (…) es (…) un simulacro de soberanía nacional, porque se limita a lo territorial mientras su contenido social sigue siendo proimperialista”: el alineamiento con el copamiento militar yanqui de América Latina, incluida la instalación de nuevas bases, e incluso garantías al Estado británico de que no se tocarían sus negocios en la región. Sobre esta base señalaba de todos modos que, de desatarse una guerra, debía defenderse la soberanía nacional sobre el territorio ocupado desde hacía un siglo y medio por el colonialismo inglés, desenvolviendo una “guerra a muerte, guerra revolucionaria al imperialismo. Esto es, no sólo una guerra naval en el Sur, sino ataque a las propiedades imperialistas en todo el terreno nacional, confiscación del capital extranjero y, por sobre todo, armamento de los trabajadores”.

Sin embargo, decía PO, “apoyar la reivindicación nacional no debe confundirse con el apoyo político a quien, como en este caso la dictadura, pretende conducir la lucha por esa reivindicación (…) lucharemos por convencer a los trabajadores de que es necesaria una conducción revolucionaria”. La defensa de un país oprimido contra sus opresores internacionales, con métodos revolucionarios, contrastaba con la posición de la izquierda europea, que con la excusa de una guerra “democrática” contra los milicos se alineó… con la corona británica.

La apelación a la intervención de las masas, por otra parte, apuntaba a preparar también la lucha por el derrocamiento de la propia dictadura.

La guerra

La política de la dictadura de sometimiento al imperialismo condicionó fatalmente el desenvolvimiento de Argentina en la guerra, incluso cuando –como reconocen muchos militares ingleses- hubo más de una chance de obtener una victoria local.

Los milicos llegaron poco preparados a la guerra, con la creencia de que la operación en Malvinas sería un trámite, con una rápida apertura de negociaciones tras el desembarco. Se basaban en dos especulaciones falsas: la primera era que Thatcher no quería una guerra; la segunda, que los Estados Unidos de Ronald Reagan, luego de entregarles como nunca el patrimonio nacional, apoyarían a la Argentina. Como señala un artículo de Alejandro Guerrero, “los militares argentinos esperaron la negociación hasta cuando Puerto Argentino estaba bajo fuego, pero Thatcher” -asediada por la crisis interna, incluido el miedo a que un avance argentino estimulase la activa lucha de liberación irlandesa- “no tenía margen para negociar y necesitaba la victoria militar. En síntesis: el gobierno inglés entendía la naturaleza del combate, la dictadura argentina no”. La conservadora tuvo el apoyo inmediato del Mercado Común Europeo, que aplicó sanciones económicas a Argentina (mientras Galtieri titubeaba en avanzar sobre el capital británico en suelo local). El imperialismo yanqui, por su parte, dejó a los milicos pedaleando en el vacío: pasó de la presión para que se retiren las tropas argentinas al reforzamiento directo de la aviación inglesa. Reagan rechazaba el avance “demasiado frontal” sobre las islas y veía en la dictadura un socio débil para un pacto en el Atlántico Sur.

La falta de preparación se vio en el conjunto de la guerra. La dictadura desembarcó justo antes de que Thatcher ejecutase el ya resuelto plan de ajuste en la marina inglesa, que hubiese golpeado duramente su capacidad de operaciones anfibias; y un mes antes de que llegase de Francia una partida de misiles antibuque (Exocet) que hubiese quintuplicado el arsenal nacional. Eligió, incluso, el peor momento, cuando la flota inglesa estaba en maniobras en la zona, lista para operaciones. Encaró la confrontación sin atender problemas estratégicos, como asegurar rápidamente en Puerto Argentino una base para los aviones argentinos. Ya en la confrontación, 14 misiles llegaron a impactar en navíos ingleses: hubiesen podido asestarle un importante golpe a esa armada, pero por falta de preparación nunca explotaron.

Finalmente, la dirigencia militar fue una amoladora contra los propios soldados, sometiéndolos a morir de hambre, frío y enfermedades curables, y a los métodos “disciplinarios” que habían entrenado con los militantes populares: la tortura y el terror.

La última puntada la dio el Papa Juan Pablo II, quien luego de varias gestiones visitó el país en junio de 1982, para garantizar una “paz” que suponía la derrota argentina, buscando a su vez contener la movilización de los trabajadores. En tal ocasión, Política Obrera señaló que “el sentimiento de paz tiene, en los trabajadores, un contenido diferente al de la capitulación que proponen la Iglesia y la burguesía” y repartió centenares de miles de volantes que decían “Si quieres la paz, aplasta al imperialismo agresor”.

La democracia

La derrota de Argentina alimentó una salida a la crisis de la dictadura tutelada por el imperialismo. Thatcher echó mano de la autoridad ganada con la victoria militar para avanzar con nuevos mazazos a la población trabajadora. En nuestros pagos, el imperialismo y los capitalistas locales resolvieron apurar los trámites, ante la bancarrota definitiva de la dictadura y el temor a nuevas irrupciones populares: la Junta destituyó a Galtieri y se preparó la “vuelta de la democracia”, manteniendo en pie el pago de la deuda externa y el aparato del Estado burgués, desde su legislación hasta su personal político. Es la orientación para la que se venía postulando, desde su armado en 1981, la Multipartidaria –cuyos principales partidos habían aportado numerosos funcionarios a la dictadura.

La memoria de los más de seis centenares de argentinos muertos en la guerra estuvo presente en las movilizaciones contra los genocidas. También esa canción que denunciaba que “a los milicos los salvaron sus amigos, la democracia peronista y radical”.

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