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12 de diciembre de 2007 | #1021

La paz, la tierra, el nuevo gobierno

Lenin en el segundo congreso de los soviets

Todo era igual y nada era lo mismo esa primera mañana del poder soviético. “En apariencia, todo estaba tranquilo; cientos de miles de personas regresaban prudentemente a sus hogares, se levantaban temprano, y se dirigían a su trabajo. En Petrogrado funcionaban los tranvías, las tiendas y los restaurantes estaban abiertos, los teatros daban funciones, se anunciaba una exposición de pintura (...) La vida cotidiana proseguía en toda su rutinaria complejidad, que ni la misma guerra interrumpe (...) Circulaban mil rumores acerca de Kerenski (que había huido el día anterior) (...) se decía que había sublevado el frente y venía guiando un gran ejército sobre la capital”.1 La actividad en el Smolny (sede del Soviet) continúa a ritmo febril. “El Comité militar revolucionario no interrumpió ni un minuto su trabajo, recibía a los delegados, correos, informantes voluntarios, amigos llenos de abnegación y tunantes, enviaba comisarios a todos los rincones de la capital, sellaba innumerables órdenes y certificados de poderes, todo esto a través de peticiones de informes que se entrecruzaban, comunicados urgentes, llamadas telefónicas y el ruido de las armas. Estos hombres, en el límite de sus fuerzas, que no habían comido ni dormido desde hacía tiempo, sin afeitarse, con ropa sucia y los ojos inflamados, gritaban con voz ronca, gesticulaban exageradamente y, si no caían inánimes en el suelo, parece que sólo era gracias al caos del ambiente que les hacía dar vueltas y les llevaba sobre sus alas irresistibles”.2

El Comité central de los bolcheviques se reúne de urgencia para definir los primeros pasos del nuevo régimen y proponer un nuevo gobierno al Congreso, que debía reanudar sus trabajos después del mediodía: “…debía reunirse a la una y el gran salón de sesiones estaba lleno desde hacia rato. Sin embargo, a las siete, la mesa directiva no había aparecido todavía... Los bolcheviques y la izquierda socialrevolucionaria deliberaban en sus propias salas. Durante toda la tarde, Lenin y Trotsky habían tenido que combatir las tendencias hacia una componenda. Una buena parte de los bolcheviques opinaba que debían hacerse las concesiones necesarias para lograr constituir un gobierno de coalición socialista (...) —‘No podemos aguantar’-, exclamaban. Son demasiados contra nosotros. No contamos con los hombres necesarios. Quedaremos aislados y se desplomará todo. Así se manifestaban Kámenev, Riazánov y otros. Pero Lenin, con Trotsky a su lado, se mantenía firme como una roca. —‘Quienes deseen llegar a un arreglo, que acepten nuestro programa y los admitiremos. Nosotros no cederemos ni una pulgada. Si hay camaradas aquí que no tienen el valor y la voluntad de atreverse a lo que nosotros nos atrevemos, ¡que se vayan a reunir con los cobardes y conciliadores! ¡Con el apoyo de los obreros y los soldados seguiremos adelante!’...”.3

Eran las 20:40 cuando, en medio de aclamaciones, se anunció la entrada de la dirección del Congreso. El primero en hablar fue Kámenev, quien dio lectura al informe sobre la actividad del Comité Militar Revolucionario: abolición de la pena de muerte en el ejército, restauración de la libertad de propaganda, liberación de los oficiales y soldados detenidos por delitos políticos, orden de detener a Kerenski y confiscación de las existencias de víveres de los almacenes privados. El Congreso aprobara las medidas en medio de frenéticos aplausos.

Lenin da la cara

Lenin, quien en la sesión anterior había estado disfrazado con una peluca y anteojos, y se había mantenido oculto en un cuarto lateral del Smolni, recibe la palabra para tratar el tema de la paz. Su aparición en la tribuna provocó aplausos interminables. “Era hombre de baja estatura, fornido, la gran cabeza redonda y calva hundida en los hombros, ojos pequeños, nariz roma, afeitado, pero ya su barba, tan conocida antaño, y que ahora seria eterna, comenzaba a erizar sus facciones. Su chaqueta estaba raída, los pantalones eran demasiado largos para él. Aunque no se amoldaba físicamente para ser el ídolo de las multitudes, fue querido y venerado como pocos jefes en el curso de la historia. Un extraño jefe popular, que lo era solamente por la potencia de su espíritu. Sin brillo, sin humor, intransigente y frío, sin ninguna particularidad pintoresca, pero con el poder de explicar ideas profundas en términos sencillos, de analizar concretamente las situaciones, y dueño de la mayor audacia intelectual (...) Manteniéndose en el borde de la tribuna, paseó sobre los asistentes sus ojos semicerrados, aparentemente insensible a la inmensa ovación, que se prolongó durante varios minutos. Cuando ésta hubo terminado, dijo simplemente: ‘Ahora vamos a dedicarnos a edificar el orden socialista’. Nuevamente se produjo en la sala un fuerte rugido humano”.4

“En primer lugar -continuó el líder bolchevique-, es preciso adoptar medidas prácticas para la consecución de la paz... Ofreceremos la paz a todos los pueblos de los países beligerantes a base de las condiciones soviéticas: nada de anexiones, nada de indemnizaciones, derecho de los pueblos a determinar su propia existencia. Al mismo tiempo, de acuerdo con lo que hemos prometido, haremos públicos y denunciaremos todos los tratados secretos... La cuestión de la guerra y la paz es tan clara que creo poder dar lectura, sin más preámbulo a un proyecto de proclama a los pueblos de todos los países beligerantes (...) Su boca grande, que parecía sonreír, se abrió enteramente mientras hablaba; su voz era ronca, pero no desagradable; estaba endurecido por años y años de discursos; surgía en un tono uniforme, y daba la impresión de que no se detendría jamás (...) Cuando quería subrayar una idea, se inclinaba ligeramente hacia delante. Ni un solo gesto. A sus pies, un millar de rostros sencillos se alzaban hacia él en una especie de intensa adoración”. Lenin explicaba: “Esta proposición de paz encontrará la oposición de los gobiernos imperialistas; a este respecto, no nos hacemos ninguna ilusión. Pero esperamos que pronto estallará la revolución en todos los países beligerantes; por esa razón, nos dirigimos particularmente a los obreros de Francia, Inglaterra y Alemania (...) La revolución de los días 6 y 7 -concluyó Lenin-, ha abierto la era de la revolución social (...) El movimiento obrero, en nombre de la paz y el socialismo, vencerá y cumplirá su destino...”.5

A las 22:35, luego de varias intervenciones, Kámenev pide finalmente votar, “con el carnet en la mano”, por la proclama. Sólo un delegado levantó la mano en contra, pero la violencia de las protestas a su alrededor se la hicieron bajar rápidamente. “Bruscamente, bajo un impulso general, escribe Reed, nos encontramos todos en pie, entonando las notas de La Internacional. Un viejo soldado de cabellos grises lloraba como un niño, Alejandra Kolontai parpadeaba aprisa para no llorar. La poderosa armonía se extendía en la sala, atravesando ventanas y puertas y subiendo muy alto hacia el cielo”.6

La cuestión agraria

A continuación, Lenin leyó el decreto sobre la tierra, que abolía la gran propiedad de los terratenientes, de la Corona y de la Iglesia, y proclamaba su entrega a los campesinos. Nuevamente, siguiendo el orden natural de una asamblea, se abrieron las discusiones, hasta que finalmente a las 2 de la mañana del 27 de octubre (9 de noviembre) el decreto de la tierra fue sometido a votación. No hubo más que un voto en contra; los delegados campesinos en la sala estaban locos de alegría. Paradoja de la historia: los bolcheviques hacen aprobar el programa que los socialrrevolucionarios no podían llevar a la práctica por su política conciliadora y su oposición a la insurrección que derrocó al gobierno de Kerensky. No se habla de la colectivización de la tierra.

“No podemos ignorar –decía Lenin en su informe– la decisión de la base popular, aunque no estemos de acuerdo con ella (...) Hemos de dejar a las masas populares una total libertad de acción creadora (...) En suma, y esto es lo esencial, la clase campesina tiene que llegar a convencerse con seguridad de que los propietarios nobles no existen ya en el campo y es preciso que los campesinos decidan desde ahora de todo y organicen ellos mismos su existencia” ¿Oportunismo? No, realismo revolucionario, acota Trotsky.7 No había en esto nada improvisado: el gobierno obrero daba a la clase campesina un plazo para poner a prueba efectivamente su programa contradictorio. “Los campesinos quieren conservar la pequeña propiedad, fijar una norma igualitaria (...) proceder periódicamente a nuevas igualaciones, escribía Lenin en agosto. ¡Pues que así sea! Sobre ese punto, ningún socialista razonable se pondrá en desacuerdo con los campesinos pobres. Si las tierras son confiscadas, la dominación de los bancos queda socavada; si el material es confiscado, la dominación del capital queda también socavada; y... al pasar el poder político al proletariado, el resto... lo sugerirá la práctica misma”.8

El nuevo gobierno

Queda el último punto. Se plantea la formación de un gobierno bolchevique dada la negativa de los restantes partidos soviéticos a participar del mismo. El debate no cesa y continuará en los próximos días (ver recuadro). Finalmente Kámenev comenzó la lectura del decreto sobre la formación del gobierno. La administración de los diversos sectores de la vida estatal es confiada a unas comisiones que deben trabajar, para realizar el programa anunciado por el congreso, “en estrecha unión con las organizaciones de masas de los obreros, obreras, marinos, soldados, campesinos y empleados”. Ejerce el poder gubernamental un cuerpo colegiado compuesto por los presidentes de esas comisiones, con el nombre de “Soviet de los Comisarios del pueblo”. El control de la actividad del gobierno corresponde al Congreso de los soviets y a su Comité ejecutivo central.

Siete miembros del Comité ejecutivo central del partido bolchevique han sido designados para componer el primer soviet de los Comisarios del pueblo: Lenin, como jefe de gobierno, sin cartera; Ríkov, comisario del pueblo en el Interior; Miliutin, dirigente de la Agricultura; Noguín, a la cabeza del Comercio y de la Industria; Trotsky, en los Asuntos Exteriores; Lómov, en la Justicia; Stalin, presidente de la Comisión de nacionalidades. La Guerra y la Marina son confiadas a un comité que se compone de Antónov-Ovseenko, de Krilenko y de Dibenko; se piensa colocar a Schliapnikov a la cabeza de la comisaría de Trabajo; la Instrucción será dirigida por Lunacharski; la tarea penosa e ingrata del aprovisionamiento es confiada a Teodorovich; Correos y Telégrafos, al obrero Glebov. No se ha designado a nadie, por ahora, como comisario de Vías de comunicación: queda abierta la puerta a un entendimiento con las organizaciones de ferroviarios.

Estos quince candidatos, cuatro obreros y once intelectuales, tenían en su pasado años de encarcelamiento, de deportación y de emigración; cinco de ellos habían estado presos bajo el régimen de la República democrática; el futuro “premier” había salido tan sólo la víspera de una vida clandestina bajo la democracia. Kámenev y Zinóviev no entraron en el Consejo de Comisarios del pueblo: el primero era designado presidente del nuevo Comité ejecutivo central, y el segundo, redactor del órgano oficial de los soviets. “Cuando Kámenev leyó la lista de los comisarios del pueblo, escribe Reed, estallaron aplausos ante la mención de cada nombre y, en particular, después de los de Lenin y Trotsky.”9

“Han soñado con la dictadura de Kornílov (...) Les daremos la dictadura del proletariado” 

El orden del día del congreso ya ha sido tratado. El poder de los soviets ha sido creado. Tiene su programa. Ya se puede poner a trabajar y no faltan tareas para ello. A las 5 y 15 de la mañana, Kámenev cierra el Congreso constitutivo del régimen soviético. Unos corren a la estación. Otros vuelven a su casa. Y muchos al frente, a las fábricas, a los cuarteles, a las minas y a las lejanas aldeas. Con los decretos del Congreso, los delegados van a llevar el fermento de la insurrección proletaria a todas las extremidades del país. Aquella mañana, el órgano central del partido bolchevique, que había tomado de nuevo su viejo nombre de Pravda [La Verdad], escribía: “Quieren que seamos los únicos en tomar el poder, para que seamos los únicos en afrontar las terribles dificultades que se han planteado al país (...) Pues bien, tomaremos el poder solos, apoyándonos en la voluntad del país y contando con la ayuda amistosa del proletariado europeo. Pero, habiendo tomado el poder, aplicaremos a los enemigos de la revolución y a los que la sabotean el guante de acero. Han soñado con la dictadura de Kornílov (...) Les daremos la dictadura del proletariado”.10

 

Notas

1. Reed, John: Diez días que conmovieron al mundo.

2. Trotsky, León: Historia de la Revolución Rusa.

3 a 6. Reed, John; Op. Cit.

7 a 10. Trotsky, León; Op. Cit.

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