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26 de noviembre de 2009 | #1110

RESPUESTA A UNA CRITICA FRAUDULENTA

De nacionalismo, foquismo y reformismo armado

Un artículo sorprendente de Razón y Revolución

El periódico El Aromo (Razón y Revolución) publica en su edición número 51 una crítica al libro El peronismo armado. El debate se torna difícil, porque en ese artículo no se ataca lo que el libro dice sino lo que la revista dice que dice el libro. De ahí que la respuesta no debería consistir en una contraposición de argumentos, sino en mostrar cuáles son en verdad las tesis del texto criticado. Procuraremos, sin embargo, transformar este incordio en una ocasión para aclarar ciertas cuestiones.

Nuestra crítica dice que el autor del libro “proviene de un partido que, en los ’60-’70, rechazó la lucha armada y que, desde entonces, ha sido profundamente crítico de quienes la promovieron”.

No es cierto. Ni Política Obrera en los ’60-’70, ni el Partido Obrero después, rechazaron nunca la lucha armada. El partido siempre ha señalado, y el libro criticado por El Aromo lo dice con todas las letras, que la revolución es un cataclismo, una catástrofe social necesariamente violenta, y defendió esa posición contra viento y marea frente a la “vía pacífica al socialismo”, propugnada, por ejemplo, por Salvador Allende en Chile con el aval de Fidel Castro.

Política Obrera rechazó el foquismo, no la lucha armada, porque el foquismo es opuesto a la violencia revolucionaria. El foquismo intenta reemplazar la evolución política y la acción de los movimientos de masas con la actividad de un grupo que actúa independientemente de esa evolución y de esa acción. Eso es violencia reaccionaria, en cuanto se constituye en un obstáculo para el desarrollo de la conciencia obrera.

La autora del artículo saca de su propia cabeza que El peronismo armado “termina negando el papel que le cupo a la izquierda armada y no armada en la dirección política de las fracciones obreras que hicieron tambalear el poder del Estado en aquellos años”, con lo cual confiesa que no leyó el libro o lo distorsiona ex profeso.

Por el contrario, el texto se detiene expresamente en señalar el papel reaccionario cumplido por el Partido Comunista desde 1945, cuando, en defensa de lo que José Stalin llamaba “imperialismo democrático” (los Estados Unidos), se alió electoralmente con la Sociedad Rural y el capital financiero en la Unión Democrática contra el “naziperonismo”, lo cual, claro está, obedecía al acuerdo general de Moscú con las potencias imperialistas (Yalta y Potsdam).

En cuanto a los años ’60 y ’70, se explica cómo las enormes luchas obreras del periodo encontraron siempre a ese partido en la vereda de enfrente.

Acerca del morenismo, al que insólitamente El Aromo considera “insurreccionalista”, el libro recuerda el “entrismo” de Nahuel Moreno en el Partido Peronista con su grupo Palabra Obrera, puesto “bajo la disciplina del Consejo Superior Justicialista y del general Perón”. Se indica que luego el PST, sucesor de Palabra Obrera –surgido de una fusión con los restos del Partido Socialista de Juan Carlos Coral– fue a la reunión de Perón con la cúpula de los partidos burgueses en el restaurante Nino (1972), en el cual diagramaron su propio Gran Acuerdo Nacional. Ante el regreso de Perón, el PST había dicho: “Ojala venga para luchar”. Consecuente con esa línea, el equipo político de Moreno se integró al Grupo de los Ocho con el PJ, la UCR, el desarrollismo, la democracia cristiana y otros por el estilo, mientras sus militantes obreros y estudiantiles sufrían la represión del gobierno peronista y de la Triple A.

El peronismo armado recuerda que el PRT-ERP, una semana antes del Cordobazo, dijo en su periódico que no correspondía promover levantamientos populares, que la tarea del momento era organizar escaramuzas allí donde se tuviera suficiente “fuerza militar”, y una semana después calificó a la rebelión cordobesa que acabó con el onganiato de movimiento “espontáneo” y “defensivo”.

Ése fue el papel de esa izquierda “armada y no armada” ¿Cómo se atreve la articulista a decir que el libro lo ignora o lo niega?

Peronismo y clasismo

La autora del fraude publicado en El Aromo dice que el libro “ubica en el peronismo el origen del clasismo”. El peronismo armado dice exactamente lo contrario: que las corrientes clasistas en el movimiento obrero se gestaron en contra y a pesar del peronismo, que el Cordobazo –como antes las huelgas petroleras de 1958 o la huelga general de enero de 1959– se produjeron en ruptura con las direcciones peronistas, y el Cordobazo contra la orden de Perón de “desensillar hasta que aclare”, que había dicho el general en referencia al gobierno del “buen soldado”, como calificó él a Onganía. El texto explica que Montoneros cumplió la función de contener esa evolución clasista de los trabajadores y de hacer que éstos permanecieran atrapados en el nacionalismo burgués.

A renglón seguido, ella dice que decimos que “la Resistencia es el inicio de un proceso ininterrumpido de lucha que, en constante alza y sin contradicciones, expresa una tendencia política independiente de la clase obrera”. La autora del artículo especula con la posibilidad de tener lectores ignorantes.

Precisamente, el libro desarrolla la tesis de que la Resistencia fue una contradicción en sí misma, producto, antes que de las enormes luchas del periodo, de la crisis interna del Partido Peronista. Desde el primer día se desenvolvió en ella un proceso lleno de interrupciones, marchas y contramarchas, pequeñas victorias y grandes fracasos, que lejos de expresar las tendencias a la independencia de clase expresaba la impotencia del peronismo. La principal de esas contradicciones, como la de las guerrillas posteriores, fue la siguiente: se trató de movimientos armados de un partido que nunca se organizó para la insurrección, que empleó la Resistencia primero y las guerrillas después no para vencer por esa vía, sino para renegociar su lugar en el espectro de los partidos burgueses. Cuando ese lugar fue recuperado, el elemento de presión que fueron las guerrillas se transformó en su contrario: de ahí que “los maravillosos jóvenes de nuestras heroicas formaciones especiales” pasaran a ser “imbéciles que gritan” y, peor aún, “mercenarios e infiltrados al servicio del dinero extranjero”.

La nota de El Aromo pretende emplear en su favor algunas citas que demuestran su propio fraude. Por ejemplo, cuando dice:

“Guerrero afirma que, a fines de los ’50, los trabajadores, al movilizarse contrariando los pedidos de ‘tranquilidad y serenidad’ solicitados por las dirigencias conciliadoras, comenzarían a ‘actuar por sí, sin obediencia debida a los mandatos del gran conductor’. De este modo se crearían ‘hendiduras’ por donde se filtrarían ‘las tendencias a la independencia de clase del movimiento obrero”. No debió citar nada, porque cada cita contradice todo lo que sostiene su artículo.

En efecto, como dice El peronismo armado, la lucha del movimiento obrero en defensa de sus conquistas agredidas comenzó a desarrollarse en esos años en contradicción con los pactos (por ejemplo, el de Caracas, anudado con Frondizi en 1958) de la conducción peronista con los gobiernos de la Libertadora, en contradicción con las convocatorias a la “tranquilidad y serenidad” formuladas por la burocracia sindical y hasta por dirigentes como John William Cooke; en definitiva, en contra de los mandatos del “gran conductor”. Esas contradicciones –recordemos que un párrafo antes la autora le había endilgado al libro no reconocer contradicciones– abren por cierto las hendiduras, los resquebrajamientos por el cual las tendencias clasistas pueden desenvolverse y hacerse fuerza organizada. De ninguna manera se dice que esas tendencias hayan sido resultado de la evolución natural del peronismo. Por lo demás, sería muy estúpido pensar que era posible el desarrollo y la consolidación de tales tendencias sin una crisis profunda en el Partido Peronista, como no es posible la revolución si la burguesía no está resquebrajada, dividida, en dispersión.

La autora dice que, por esos señalamientos del libro, “Guerrero se ubica en una perspectiva obrerista que, viendo sólo la acción de la clase, deja de lado a los partidos y, de este modo, la disputa de programas”. El libro desmenuza los programas de cada partido que actuó en la época que trata, pero sobre todo analiza su política práctica. Los programas viven en la realidad, en ella se prueban, en ella prosperan y en ella se destruyen ¿O El Aromo piensa que la conciencia de clase no se desarrolla en la experiencia y en la práctica de la propia clase, sino en las páginas de su revista “cultural”?

Firmenich y Santucho

El artículo se derrumba en la impostura cuando dice:

“Guerrero no reconoce que Montoneros era una organización peronista y que sus consignas principales fueron el retorno de Perón y la defensa del nacionalismo burgués, al que denominaban ‘socialismo nacional’”.

La mentira es absurda, porque el carácter peronista de Montoneros está señalado desde el título del libro; pero, además, el texto que la estafadora no leyó sostiene, por ejemplo:
“En febrero de 1972, la JP hizo un acto con 5 mil personas. A fines de ese año, ya reunía más de 100 mil. Y cuando el movimiento fue verdaderamente de masas, Galimberti quedó en segundo plano. El primer lugar de la tribuna lo ocuparía entonces Mario Firmenich. A su lado, Arrostito. Con ellos, la consigna atronadora que apagaría a todas las demás: luche y vuelve”.

O, más adelante, al hablar de la decisión montonera de pasar a la clandestinidad en 1974:
“Quieto sostenía que romper con el peronismo habría sido ‘sectario’. Por supuesto, lo habría sido: para luchar junto con el movimiento obrero resultaba indispensable el ‘sectarismo’ respecto de los enemigos de los trabajadores. Pero decidieron no ser sectarios y marcharon, fusil en mano, hacia su propia destrucción”.

Enseguida, El Aromo habla de la presencia en aquellos días de “dos tendencias revolucionarias de la izquierda partidaria”: la “insurreccionalista” (Política Obrera, el PST y el PCR), y la “foquista” (PRT-ERP).

¡Qué maravilla! Éramos todos revolucionarios: los trotskistas, el centrismo morenista del Grupo de los Ocho, el estalinismo maoísta que defendía a López Rega y el reformismo armado del PRT. La biblia y el calefón, todos revolcaos... Pero ¿cómo? ¿No era el autor de El peronismo armado el que desconocía la “lucha de programas”?

La sorprendente articulista de Razón y Revolución atribuye a “ceguera y hasta macartismo” el hecho de que El peronismo armado “se niega a ver la capacidad hegemónica del PRT” (!). El que le contó esa historia a nuestra crítica la estafó: el PRT no tenía hegemonía ni sobre sí mismo, al punto que, desde el momento en que tomó la decisión de mirar al Cordobazo desde afuera, sus fracciones y rupturas fueron una constante.

La articulista hace una elegía de la “política sindical del partido” (por el PRT). Veamos en un ejemplo cuál fue esa “política sindical”.

En diciembre de 1974, dos miembros de la comisión interna de Miluz (y militantes de Política Obrera), Jorge Fischer y Miguel Ángel Bufano, fueron asesinados por la Triple A. Poco después, la misma banda asesinó a otro delegado de la misma fábrica, Héctor Noriega. Aun así, como pudieron, los trabajadores intentaron reorganizarse y presentar batalla, hasta que a un comando del ERP se le ocurrió matar al gerente general y al gerente de personal de la empresa. Entonces sí, la situación de la planta sucumbió al terror. Si los crímenes de la Triple A habían sido una reacción terrorista frente a la lucha obrera, la muerte de esos ejecutivos fue una acción del todo ajena a esa lucha. Ajena y hostil. Después de eso y debido a eso, la empresa logró lo que no había conseguido con el asesinato de los compañeros: militarizar la fábrica y hundir a sus obreros en una derrota profunda, a la cual el ERP contribuyó decisivamente. He ahí, por citar un solo caso, la “política sindical” del PRT-ERP.

El Aromo busca respaldo bibliográfico para probar “la enorme influencia del PRT en los sindicatos tucumanos” cuando el gobierno peronista lanzó en 1975 su masacrador “operativo independencia”. Así, intenta rebatir a El peronismo armado, que dice: “5 mil soldados iban contra 40 ó 50 guerrilleros perdidos en la espesura, incapaces de establecer contacto con un movimiento de masas”.

La articulista cita también –ella supone que en su favor– al general Acdel Vilas, jefe de aquel operativo, que dice: “Desde el comienzo del Operativo Independencia, todo se centró en la ciudad de San Miguel de Tucumán y Concepción. Fueron cuatro meses de lucha urbana intensiva (...) (que) sirvieron para que las tropas legales cumplieran con un período de adaptación al monte y se recuperara a la población trabajada por la subversión”.

El peronismo armado también cita a Vilas en ese punto. La represión, en efecto, arrasó las ciudades. Secuestraron, torturaron y asesinaron a miles de personas e instauraron un terror sin precedentes, porque ése, precisamente, era su objetivo, cumplido con la excusa de esos 40 ó 50 perdidos en la espesura. Vilas dijo con toda claridad que él había ido a combatir “a la subversión”, no a la guerrilla, lo cual es un concepto muchísimo más amplio: en esa época, hasta Ricardo Balbín hablaba de “la guerrilla fabril” o “subversión industrial” para referirse a la lucha obrera, su verdadera enemiga.

De esa amplitud de la operación represiva, nuestra crítica extrae la fantasía de que los reprimidos eran militantes o simpatizantes del PRT-ERP. Supongamos que hubiera sido así: eso no habría cambiado un ápice la incapacidad del foco rural, autocondenado a un aislamiento feroz, para vincularse con el movimiento de masas. Porque, además, el PRT sostenía que “el levantamiento del conjunto del proletariado debe ser considerado táctico (...) Es táctico en relación con el objetivo de construir un ejército revolucionario, objetivo que se logra estratégicamente en el campo” (citado en Evita montonera Nº 13: ese texto fue parte de una polémica entre Montoneros y el PRT).

La táctica, se sabe, siempre se subordina a la estrategia. Como dice El peronismo armado sobre esa idea del PRT (pág. 548): “Si se pasa el léxico militar al lenguaje de la pura política, se tiene que la clase obrera debe acomodar sus acciones a la constitución de un foco agrario”. O, en otros términos, la civilización industrial debe someterse a la economía pastoril.

La escribidora de El Aromo dejó para el final su mejor perla. Dice: “Guerrero no llega a vislumbrar la verdadera tragedia de la etapa: que la organización marxista que más arraigo alcanzó entre las masas, el PRT-ERP, no haya sido insurreccionalista, sino que haya desplegado una estrategia armada que complotó contra su propio desarrollo entre los trabajadores”.

Hay que leer dos veces el párrafo para convencerse de que la escribidora pone realmente lo que pone. Esto es: la tragedia del PRT fue haber sido lo que fue en vez de ser otra cosa.

Estamos ante un debate necesario, pero la seriedad es indispensable para que la discusión no transforme la tragedia en farsa.

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