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18 de mayo de 2010 | #1129

El asesinato de Trotsky en una novela del cubano Padura

¿Se podía imaginar que el autor de la novela definitiva sobre el asesinato de León Trotsky en manos de un agente estalinista iba a ser un escritor cubano de policiales negros?

Probablemente no. Trotsky, aún hoy, es un nombre que se pronuncia despacito en la isla que durante décadas fue inundada por los libros editados por la oficialidad soviética (es decir, estalinista). La propia historiografía oficial comunista cubana dejó en el olvido a Sandalio Junco, uno de los principales dirigentes de la Oposición de Izquierda y secretario general de la Confederación Obrera cubana a fines de los veinte. Por esas razones, y por su propia potencia literaria, el lanzamiento de El hombre que amaba a los perros, de Leonardo Padura, es un importante acontecimiento literario y político a la vez.

La novela se realiza a través de tres tiempos. En el nevado exilio siberiano de Lev Davídovich Bronstein comienza la acción cuando se le anuncia que debe abandonar la nación en la que, poco más de una década atrás, había liderado la primera revolución obrera triunfante de la historia. Comienza así un destino de destierro e infamia que se convertirían en el sino de su vida. Josep Stalin –que se había encaramado en el poder e iniciado así la era del Termidor– había decidido perseguir hasta la muerte y el olvido a todo aquel que se le opusiera. Trotsky –presidente del Sóviet de Petrogrado en 1905 y 1917, organizador del Ejército Rojo aún bajo el asedio de catorce ejércitos y líder de la Oposición de Izquierda a Stalin y, luego, fundador de la IV Internacional– se había convertido, entonces, en uno de sus principales enemigos.

El segundo tiempo de la novela está marcado por los acontecimientos que convirtieron a Ramón Mercader del Río, un convencido militante comunista español, en Jacques Mornard, el hombre que habría de clavarle un picahielos en la cabeza a Trotsky en 1940 –este año se cumplen 70 años del crimen. Combatiente contra las tropas franquistas, su destino da un vuelco cuando su madre, Caridad Mercader, quien había alcanzado elevadas posiciones en el comunismo español, le pide que entregue totalmente su vida a la causa “soviética”. El entrenamiento de Mercader incluye su presencia en los oprobiosos “procesos de Moscú”, en los que la plana mayor de la dirección de la revolución bolchevique fue condenada a muerte. Trotsky también, in absentia.

La tercera línea del relato presenta al narrador del texto que se decide a contar un encuentro ocurrido en 1977, en unas playas habaneras, en las que conoce a un extranjero que –el lector adivina más rápido que el narrador– no es otro que Mercader. El asesino de Trotsky murió en la isla en 1978, luego de pasar sus últimos cuatro años en una lujosa residencia del barrio Miramar. El extranjero le empieza a contar al narrador una historia que se convertirá en una obsesión vital que también le permitirá elaborar algunas conclusiones políticas sobre su propio país.

El pormenorizado relato del asesinato del líder internacionalista permite recrear una historia que contiene todos los ingredientes para la ficción (pero la realidad es, a veces, más grande que la literatura). También produce una lectura sobre el estalinismo y el acaparamiento del estado obrero por parte de un sector social que no duda en usar el terror para regimentar a la clase obrera que había asaltado los cielos en 1917. La experiencia del narrador permite que se pregunte por los nexos entre el régimen estalinista soviético y el cubano, y revise la propia regimentación de la producción literaria en la isla durante los ’60 y ’70, la gran crisis del periodo especial luego de la caída de la URSS y una actualidad en la que, según el texto, priman la confusión y el desencanto.

La novela no es optimista y señala un problema candente para los revolucionarios contemporáneos: ¿cómo lograr que se priorice la memoria de la victoria soviética de 1917 para ligarla con la actual posibilidad y necesidad de la revolución social? Para ello será necesario, entre otras tareas, derrotar el anclaje que produjeron en el imaginario popular décadas de burocracia estalinista que se llamaba a sí misma “socialista”. La ficción llega a atribuirle a Trotsky dudas acerca de la inevitabilidad del curso burocrático cuando examina su propio papel durante la rebelión de Krondstandt. Sin embargo, el texto es honesto ya que muestra al líder de la IV Internacional convencido de la acción que tomó en defensa de la estabilidad del gobierno obrero, tal como él mismo lo expresara al revisar la cuestión. La novela presenta a Trotsky como un hombre perseguido, que sufrió la muerte de su propia familia y de sus compañeros de lucha, desterrado, en fin: enfrentado a la tragedia de la historia. A pesar de esas circunstancias, lo muestra digno, dueño de una personalidad, pasión e inteligencia desmesuradas y siempre convencido de que el futuro habría de pertenecerle a los desposeídos. Del mismo modo, indaga en la vida de Mercader, una ficha triste manejada desde Moscú por los capitostes del aparato represivo estalinista (y por Stalin mismo) al punto que permite comprender, ya que no eximir de responsabilidades, al hombre enfrentado a la tragedia desde el otro lado de la historia.

Una novela necesaria que aún no se ha publicado en Cuba y que podría, quizás, producir en la isla una discusión sobre Trotsky, cuyo legado fue silenciado por el PC cubano, pero cuya obra y programa renacen con actualidad frente al marasmo tremendo en que se encuentra el capitalismo.

Por Judas

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