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26 de julio de 2012 | #1232

"De la Culpa al Perdón"

Crítica de Libros

NORMA MORANDINI PROPUGNA LA RECONCILIACION CON LOS REPRESORES

Acaba de aparecer un libro de Norma Morandini: De la culpa al perdón. Cómo construir una convivencia democrática sobre las intolerancias del pasado, de Editorial Sudamericana. Morandini tiene hermanos "desaparecidos" por la dictadura -ligados a Montoneros-, lo que la obligó a exiliarse. Ha ido evolucionando. A su vuelta integró el Frente Cívico de Carrió -de la cual toma opiniones "filosóficas"- y fue elegida senadora en Córdoba. Reelegida por el partido de Juez, fue candidata a vicepresidente del FAP, con Binner. Su libro -sin nombrarlo- propugna la discontinuidad del derechohumanismo K, pero, sí explícitamente, ataca a la militancia de izquierda en general. Según la propia Morandini, fue escrito hace 10 años, pero no se animó entonces a publicarlo. Uno de sus héroes más admirados, Joachim Gauck -activista anticomunista de los derechos humanos en Alemania Oriental y actual presidente de Alemania- le sugirió esa postergación. Presentado por la autora como un defensor de los valores universales de la democracia, no lo cuestiona porque su gobierno masacra a los pueblos en guerras coloniales. Neologismo de la teoría de los dos demonios Morandini retoma la teoría de los dos demonios con un "neologismo" político: "El demonio es uno solo, la violencia como forma de resolver las diferencias" (pág. 62), "ni los militares admiten lo que sucedió, ni los dirigentes de las organizaciones armadas que sobrevivieron reconocen sus actos de terror". Hasta que no haya una autocrítica de cada uno de los protagonistas no habrá "convivencia democrática" y sobrevivirá "la paranoia de ver conspiraciones por todos lados", afirma. La senadora del FAP se hace eco de la teoría procesista que desconoce la represión militar genocida contra el pueblo. Por fuera de la polarización entre militares y foquistas alentada por ambos, la verdad es que la mayoría de las víctimas de la represión fueron luchadores obreros, estudiantiles y sociales. Las estadísticas de la Conadep así lo evidenciaron. Morandini se va al "idealismo" más bruto, no ve las causas económicas y sociales que determinaron el golpe del 24 de marzo, sino sólo una espiral de violencia autogenerada por ideologías equivocadas y por malos hábitos políticos. Pero el golpe vino a enfrentar el ascenso combativo de la clase obrera que destrozó el "Rodrigazo", que Isabel Martínez de Perón intentó imponer contra sus condiciones de vida. Años de resistencia culminaron con la huelga general de junio de 1975 que hicieron trizas el "ajuste" fondomonetarista/nacionalista y que obligó a echar del país al jefe de las triple A (López Rega). Si la huelga general hubiera sido derrotada y se hubiese impuesto el "Rodrigazo", ¿habría habido golpe militar? Probablemente las clases dominantes -y sus militares- habrían cerrado filas detrás del gobierno de la "señora" que domó la rebelión obrera imponiendo el "ajuste". La tesis de Morandini es que el genocidio dictatorial está inscripto en una idiosincrasia nacional de odio y de violencia, debido a que las organizaciones políticas y sociales actuantes no han tenido una elevación moral que pudiera "perdonar" los "excesos" de la dictadura: "la desmesura de la dictadura, como un cristal deformado y roto, reflejó desquiciadamente ciertos rasgos presentes en la sociedad" (pág. 105). Todos seríamos culpables por la trágica represión. Por eso afirma que la única dictadura que aplicó sistemáticamente el método de las "desapariciones" es la Argentina, contraponiéndola a las de Pinochet o de Brasil. "El carácter menos brutal de la dictadura brasileña" estaría explicado por razones "sobre todo culturales". ¿Se olvida de los "escuadrones de la muerte" que asolan las favelas cariocas, etcétera? La diferencia entre la dictadura argentina y las de las burguesías vecinas latinoamericanas reside en que la clase obrera argentina se encontró luchando contra el golpe y contra el gobierno burgués precedente. Lo acaba de decir Videla: la dictadura quería eliminar a una generación de luchadores. Si lo hacía "en blanco" hubiera recibido un fuerte repudio democrático popular: mezcló el terror con la maniobra clandestina para que no se notara la envergadura de su labor asesina. Diferentes situaciones sociales provocaron diferentes reacciones represivas de las dictaduras (recuadro 1). El fondo social, los reclamos de las masas, sus luchas, la reacción de las clases dominantes frente a ellas ni se dibujan en su texto. La clase obrera argentina enfrentó a la dictadura de Onganía con el Cordobazo; al gobierno de Isabelita con la huelga general; al Proceso con la movilización del 30/3/82. Lo mismo con las democracias continuistas. Las clases dominantes estuvieron siempre detrás de estos gobiernos, queriendo que las crisis que ellos generaron con su sistema de explotación las pagaran con más sufrimientos sociales los explotados. La burguesía argentina se adaptó a cada régimen, lo que le interesó es defender su "bolsa" (recuadro 2). Morandini deforma la realidad para ocultar el papel de las clases sociales y para colocar el centro de la responsabilidad en la moral individual. Así, por ejemplo, dice que "el primer acto, como bautismo de la dictadura, fue la imposición de la censura" (pág. 63). Pero la realidad es que los grandes medios fueron defensores y voceros de la dictadura antes del golpe; y durante su extensión aplicaron la autocensura para ocultar la represión. Los periodistas luchadores sociales y democráticos "desaparecidos" no fueron defendidos por sus patronales. La transición sudafricana a la "democracia" Morandini ensalza la "valentía" de Nelson Mandela que llego a "enfrentar a sus compañeros de lucha para negociar con el poder blanco" y que "militó para que se proclamase una amnistía, tanto para los militantes exiliados como para los blancos de los que se sospechaba lo peor" (pág. 173). Mandela garantizó la "transición" del racismo del apartheid a un nuevo régimen "democrático". Pero las raíces sociales de la explotación capitalista "blanca" sobre la mayoría obrera negra no fueron removidas y continúan con nuevo ropaje institucional. Mandela constituyó una "comisión" para "promover la unidad nacional y la reconciliación" y la primera víctima de todo esto fue la "justicia". Los represores si confesaban públicamente sus actos eran automáticamente amnistiados y continuaban libres, recibiendo "un castigo mayor: la vergüenza de que sus crímenes se dieran a conocer públicamente" (pág. 167). No se entiende por qué no se los debe encarcelar: detrás de las rejas también recibirían el odio popular. (¿Menem sería un Mandela porque amnistió a represores militares y a dirigentes guerrilleros?). Morandini reconoce que en Sudáfrica "son muchos los que no entienden que los autores de los crímenes racistas terminen amnistiados" (pág. 170). No se los encarceló por el mismo motivo que en la Argentina se los juzgó limitadamente (recuadro 3) y se terminó sacando las leyes de Obediencia Debida, Punto Final y amnistía: para preservar la función represiva de las Fuerzas Armadas del régimen. En la Argentina se desarrolló con base en las organizaciones democráticas de Familiares y Madres, con fuerte apoyo popular, una gran lucha democrática. Sin embargo, la mayoría de los represores y sus acólitos continúan al frente de las fuerzas represivas. Las campañas derechohumanistas de los Kirchner tapan esta realidad. Hijos La Plata denuncia que sólo el 15% del total de 1.800 represores fueron procesados desde 2003: 292 genocidas murieron impunes contra 289 condenados. "La justicia deja escapar a los represores", afirman. "Justicia Planetaria" Morandini realza los valores de la democracia universal. Reclama una "justicia planetaria". ¿A manos de quién? ¿De los que dirigen la OEA o la ONU? ¿De los gobiernos imperialistas que han asolado con sus guerras coloniales Irak, Afganistan, los Balcanes, Africa? ¿De quienes apoyan las dictaduras -Galtieri, en Argentina; Sadam, en Irak, entre otros-, y luego las atacan -para reforzar su dominio imperialista- cuando estas perjudican sus intereses económico-sociales? La "convivencia democrática" basada en el "perdón" es el programa de Morandini. "Los responsables, en un sentido amplio, somos todos" afirma quin considera que la Justicia "ya estableció la responsabilidad de las Juntas Militares" (pág. 202). Para Morandini faltan aún "algunas autocríticas" del "pensamiento de izquierda" (pág. 195). Las condiciones estarían dadas sobre la base de la "modernización de las leyes que garantizan derechos" (pág. 239) para una "fraternidad democrática" a cambio de que se imponga la "reconciliación" y el "perdón". Ensalza la reforma constitucional de 1994 por su adhesión a los tratados internacionales de derechos humanos, pero no denuncia la reelección de Menem, ni el mantenimiento del Estado semicolonial. Las leyes antiterroristas K, ¿en que campo entran? Tampoco habla de los 5.000 procesados por luchar, ni del asesinato de Mariano Ferreyra, ni de la larga docena de asesinados por la represión K, en defensa de los intereses sociales de los explotadores. Morandini condena la violencia política y social por encima de las clases en pugna. La revolución francesa, inglesa, norteamericana o la Argentina de 1810 no debieran haberse hecho entonces. Mientras los explotadores aplican la violencia contra el pueblo, este pretende ser atado de manos. Es una condena a la violencia revolucionaria en defensa de la sociedad clasista. Para Morandini se trata de construir una "cultura del derecho", de educar a las nuevas generaciones en el respeto al "derecho de los otros". No es original. En el pasado lo intentó, entre otros, Graciela Fernández Meijide de la Alianza y ahora hasta la presidenta CFK declaró en la "tradicional cena de camaradería de las Fuerzas Armadas" que "seguramente habrá heridas que curar, pero sólo las subsana el tiempo" (Clarín 11/7/12). Morandini constata "que los argentinos peligrosamente volvemos a separarnos por las desconfianzas, las simpatías partidarias, sin conseguir mirarnos como iguales -aunque invoquemos los derechos humanos-, más pienso en la idea del perdón para reconciliarnos en el espacio de la legalidad democrática" (pág. 272). Es un llamado a deponer las luchas contra la tercerización laboral, por el derecho a la vivienda, etcétera. Y a que los trabajadores no tomen conciencia de la necesidad de organizarse en forma políticamente clasista, independiente de los partidos patronales. Morandini reconoce que desde que asumió posiciones legislativas fue abandonando sus planteos de lucha contra la impunidad para adoptar posiciones filosóficas y hasta religiosas. Con este planteo fue candidata a vicepresidente del FAP. Ya Marx explicó que los filósofos querían interpretar el mundo; los marxistas, cambiarlo para terminar con la explotación capitalista y para abrir el reino de la igualdad y la riqueza social.

El suicidio de Allende

Morandini saluda que "en Chile el realismo político se impuso sobre la justicia, y condicionó la transición sin demasiadas turbulencias, gracias a lo que exhibió (Pinochet) como éxitos económicos" (pág. 142). Se refiere a la superexplotación impuesta a la clase obrera y los explotados trasandinos. Pero, más importante, es lo que cuenta Morandini como modelo a seguir: "transcurrieron varios años para que el suicidio de Allende fuera aceptado... los chilenos tuvieron que esperar treinta años para ver en la televisión las imágenes que recorrieron el mundo... En el 2003 participé en la Universidad de Santiago de un seminario donde pudimos conocer el primer documental que reconstruyó las horas previas al golpe. Allí pudo verse al presidente Allende preocupado por la suerte del que creía su fiel comandante, Augusto Pinochet. ¿Dónde estará Augusto? Pobre Augusto, ya habrá sido preso, se les escucha decir en esa grabación recuperada, sin poder dar crédito a lo que le informan: la traición de quien consideraba un leal colaborador". Según Morandini eso habría provocado el suicidio de Allende. En lugar de buscar venganza habría buscado estigmatizarlo. Pero el sanguinario dictador siguió durmiendo "en paz", contento de haber aplastado la resistencia de los trabajadores chilenos. ¿Educación democrática o disolución de las fuerzas represivas por un gobierno de trabajadores y armamento popular para defender un proceso revolucionario?
 

Una misma clase

Morandini da un ejemplo patético. La dictadura enfrentó las denuncias de la represión con una campaña publicitaria que las rechazaba bajo el jingle "los argentinos somos derechos y humanos". En el Mundial de fútbol del 78, las radios machacaban con este lema, mientras que a metros de la cancha de River, en la Escuela de Mecánica de la Armada, se torturaba a los "desaparecidos". Años después, en la campaña presidencial de Alfonsín jugaron un papel central varios eslóganes del tipo "con la democracia se come...". El autor de una y de otra campaña fue el publicista David Ratto. Con la camiseta de la dictadura o la de la democracia es la misma clase social propietaria la que dirige el poder.

 

Morandini tiene razón: El juicio a Pedraza tiene que ser televisado

El alfonsinismo se jacta del significado del Juicio a las Juntas Militares. Morandini demuestra que estuvo rodeado por una fuerte presión militar. "Entre nosotros hay espías disfrazados de periodistas" cuenta (pág. 51). El juicio oral y público "por debilidad política frente a las presiones del poder militar se prohibió divulgar el sonido de lo sucedió dentro del tribunal". Se podían ver imágenes filmadas por TV, pero no lo que se decía. En realidad el "juicio se hizo a puertas cerradas" "se le taparon los oídos a la televisión" (pág. 70). Morandini denuncia que ninguno "exigió el cumplimiento de la ley, el derecho de la sociedad a ser informada" y que eso "se debió a las presiones que ejerció el poder militar sobre el gobierno de Raúl Alfonsín, reveladas en la decisión de un juicio silencioso" para "atenuar el impacto de las torturas". Sobre la prensa escrita "se utilizó un mecanismo igualmente tramposo. Nada de grabadores..." (pág. 73). Los jueces finalmente "depositaron fuera del país parte de la memoria trágica" evidenciada en el Juicio a las Juntas. "En 1988 viajaron a Oslo y entregaron al Parlamento de Noruega una copia completa de los videos del Juicio". Recién a fines de los 90 se pudo escuchar parte de esos testimonios en la TV.

El juicio a los asesinos de Mariano Ferreyra es oral y público. Ya la parte "pública" se ve restringida por el acceso a una pequeña sala de un par de decenas de oyentes. Debe permitirse que el juicio sea filmando y pasado por la TV "pública" y privada. En el banquillo de los acusados se van a sentar las patotas sindicales antiobreras, los burócratas sindicales que las arman, los empresarios superexplotadores que medran con la superexplotación de los trabajadores en negro y tercerizados, el Estado que alienta esta alianza antiobrera.

Interesa a toda la opinión pública nacional conocer la verdad.

 

En defensa de la militancia

Morandini en su búsqueda de la "convivencia democrática" entre explotados y explotadores, ataca a la militancia de los 70 y a la juventud que busca el camino de la militancia en la actualidad. Critica a Hijos porque al recuperar al "desaparecido" "como el militante político se elude el debate sobre las razones de la violencia política". Estarían sesgados emocional-políticamente "víctimas inocentes de los errores de sus mayores" (pág. 134). Critica la militancia de los 70: "por entonces abandonar a un hijo por la revolución era un acto de heroicidad, en vez de irresponsabilidad con la que se juzga el abandono, ya sin las lentes de la ideología" (pág. 254). Las víctimas de la represión -en este caso los padres desgarrados y los hijos "abandonados"- serían responsables de la represión. La dictadura decía al revés, amonestando a los padres que buscaban a sus hijos desaparecidos: "porque no los cuidó antes de que fueran ganados por la subversión". Con este criterio, Mariano Ferreyra es culpable de su asesinato por ir a defender la lucha de los tercerizados. Y los Qom, de su propia muerte, por movilizarse en la lucha por la tierra. En cambio Morandini sólo cuando pudo "reconocer la culpa por la intransigencia y el sectarismo de mi generación, necesité perdonarme para responsabilizarme por el devenir" (pág. 272). Y así logró "entender" que "en cada víctima hay una parte nuestra, y en cada torturador vive la humanidad que negamos al verlos como externos a nosotros mismos": reflota la vieja teoría del enano fascista que tenemos todos. Morandini también ataca la moral resistente de los luchadores frente a la dictadura. Parafraseando una mala página de Borges en el Proceso a las Juntas Militares, defiende a los militantes que se quebraron bajo la tortura: "al cabo de unas 'sesiones' cualquier hombre declara cualquier cosa". Desprecia los códigos morales y de lucha de la militancia. Si bien estamos del lado del torturado -incluso quebrado- contra el torturador, no podemos dejar de enaltecer a aquellos que -como nuestro compañero Marcelo "Chelo" Arias- dieron su vida bajo la tortura para proteger la de sus compañeros militantes que no habían sido detenidos. No se puede considerar un gesto más alto y noble de humanidad que el de este compañerismo en defensa de una causa justa.

Rafael Santos

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