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19 de febrero de 2019

Por qué el trigo transgénico no debe ser aprobado

La pulseada por la aprobación del trigo transgénico se selló transitoriamente con un acuerdo para avanzar gradualmente. Por lo pronto, se ha lanzado una mesa con las principales potencias trigueras del mundo para sondearlas sobre el proyecto en cuestión y su aceptación en el mercado. También habrá una ´mesa de diálogo´ con todos los involucrados en la cadena de producción y comercialización.

El trigo modificado introduce un gen del girasol para hacerlo más resistente a la sequía y el stress hídrico. Elaborado por la compañía Bioceres, su aparición dividió aguas en el gobierno. A favor del pulpo Bioceres se colocaron el ministro de Producción y Trabajo Dante Sica, el secretario de Ciencia y Tecnología, Lino Barañao y el ministro bonaerense de Agroindustria, Leonardo Sarquís; del otro lado, en cambio, se ubicaron el secretario de agroindustria y ex titular de la Sociedad Rural, Luis Etchevehere, así como referentes de la CRA (Confederaciones Rurales), la Cámara Aceitera y el presidente del INTA, Juan Balbín.

Los críticos señalan que el evento transgénico pone en peligro las exportaciones del cereal. Advierten ante la posibilidad que los mercados que absorben la producción triguera argentina, detecten algún grano proveniente de la transgénesis y decidan romper los acuerdos de compra, como ya hay ejemplos con otras producciones (y en el caso particular de la soja, con el mismo gen de resistencia a sequía, aún está pendiente de aprobación por parte de China la compra de ese producto). Brasil, nuestro principal comprador de trigo, se ha mostrado reticente a aceptarlo.

“No puede aprobarse si no se lo vendés a nadie”, dijo el presidente de CRA, Dardo Chiesa. En el caso de detectarse un solo grano en un buque, dicen, es motivo suficiente para rechazar toda la carga, como ya pasó con Corea del Sur. No se puede poner en riesgo 20 millones de toneladas de granos, se alarman.

Del otro lado, Bioceres no ha mostrado mayores pruritos a la hora de reclamar la introducción de su invento. “No apuntamos al consumidor [con un alto poder adquisitivo que busca comer cosas sanas] sino al que busca alimentos baratos y a toda la parte usada como piensos o para sustituir hidrocarburos”, blanqueó su titular, Federico Trucco (El País, 11/2).

El proyecto de introducción de trigo transgénico ya cuenta con dictámenes favorables de la Comisión Nacional Asesora de Biotecnología Agropecuaria (CONABIA), como del Servicio Nacional de Sanidad y Calidad Agroalimentaria (SENASA), y sólo le falta el aval de la Secretaría de Agroindustria.

La escasa base científica de la ingeniería genética lleva a que las características de las variedades transgénicas (es decir, especies a las que se le adicionan genes que le confieren la resistencia a determinados agro tóxicos, letales para el resto de las especies vegetales) sean impredecibles; en esto, la bibliografía está dividida y como prueba de ello, en numerosos países la inclusión en los alimentos está prohibida o al menos se exige que en los rótulos figure cuáles son sus componentes (Unión Europea, Rusia, India, China y Australia, entre otros) para que el consumidor pueda optar.

Como siempre, la ganancia empresaria es el norte que siguen estas políticas, de la mano de funcionarios inescrupulosos que livianamente autorizan eventos de impredecibles consecuencias. Las empresas semilleras y de agro tóxicos siempre salen beneficiadas. La división en la clase capitalista sobre el trigo transgénico no se refiere a cuestiones de salud pública sino a consideraciones comerciales.

No deben autorizarse nuevos eventos transgénicos y debería retirarse del mercado todas las semillas que contengan OGM (organismos genéticamente modificados) para tranquilidad de todo la población consumidora.

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