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7 de marzo de 2019 | #1539

[Editorial] Un marzo que se las trae

Crisis económica y choques políticos
[Editorial] Un marzo que se las trae

La envergadura de la bancarrota económica se refleja de modo directo en las encuestas que muestran una caída de Macri

Mientras en Argentina tenía lugar el feriado de Carnaval, en Estados Unidos los títulos de deuda pública y las acciones de las principales empresas locales que cotizan en Wall Street profundizaban su caída. Quedó claro que ese retroceso, que había comenzado el viernes último, no se debió al desafortunado discurso presidencial, sino a las contradicciones explosivas de la política económica pactada con el FMI. La llamada ‘pax cambiaria’ lograda a fines de setiembre, a partir del segundo acuerdo con el FMI, está llegando a su fin, y el gobierno se queda sin recursos para afrontar el tramo más difícil que tiene por delante, donde estará en juego su reelección.

La suba del dólar golpea al carry trade (bicicleta), que se había armado desde setiembre pasado, cuando algunos fondos de inversión ligados al gobierno ganaron fortunas aprovechando las altísimas tasas de interés y la estabilidad de la divisa. De ese negocio participaron como socios menores algunos sectores medios, a través de las colocaciones a plazo fijo. Ahora, con la suba del dólar, empiezan a reunirse las condiciones de la tormenta perfecta. Por un lado, los fondos especulativos toman la puerta de salida y, por el otro, crece la presión para que los plazos fijos en pesos se transformen en dólares. Un movimiento general en esa dirección tendría un alcance explosivo. Al actual tipo de cambio, la masa de plazos fijos más las cuentas a la vista superan los 40.000 millones de dólares. Alcanzaría con que una parte de esos pesos se dirijan hacia el dólar para que se produzca una nueva devaluación, que desequilibraría a un gobierno que ya camina por la cornisa. Ese movimiento podría ser impulsado por la creciente inflación, que convierte en negativa una tasa de interés exuberante, o por alguna ‘mala noticia’ del exterior, como la que llegó esta semana referida al retroceso de la economía de Estados Unidos.

Los instrumentos con que cuenta el gobierno para hacer frente a esta situación son muy limitados. Por el momento tiene uno solo: subir la tasa de interés con que el Banco Central remunera las Letras (Leliq) que compran los bancos, precisamente, con el dinero de los ahorristas. Sin embargo, este recurso se muestra cada vez más ineficaz. Los niveles alcanzados por la tasa de interés han derrumbado todavía más la economía, agravando la caída de la producción y del consumo, mientras compromete al Banco Central a devolver una deuda que en materia de intereses ya se acerca al medio billón de pesos. A su turno, esto repercute directamente en la recaudación impositiva, que crece muy por debajo de la inflación. Esta tendencia se repite desde hace ocho meses, colocando en cuestión el déficit cero pactado con el FMI. Se repite la experiencia de Grecia, donde el ajuste brutal impuesto por la troika derrumbó la economía y obligó a nuevos ajustes.

Ante esta caída de la recaudación, el gobierno está obligado a renegociar otra vez el acuerdo con el FMI, para que los dólares prestados puedan usarse para afrontar los gastos corrientes. Pero el problema que generará esta medida es evidente: el gobierno deberá pedirle al Banco Central que transforme esos dólares en pesos, agravando el ciclo inflacionario. Los pesos que salen por una ventanilla, el Banco Central buscará recuperarlos por la otra, mediante nuevas subas de la tasa de interés. Como un perro que se muerde la cola, al final del camino tendremos más recesión, más déficit, y una tendencia aún más explosiva a la corrida cambiaria y bancaria.

Los desequilibrios envuelven todo el circuito económico. Ante la nueva suba del dólar, las empresas privatizadas y las petroleras reclaman nuevos aumentos de tarifas o, en su defecto, mayores subsidios, que chocan con la quiebra fiscal del Estado. Si el gobierno se negase a esta demanda, la resultante sería la desinversión total por parte de los monopolios.

Una crisis capitalista

Un comentario del portal Infobae muestra de modo palmario el carácter parasitario del proceso económico actual. Ante la salida de fondos del sistema financiero, los bancos habrían llamado a las pymes para que conviertan los préstamos anunciados por el gobierno a tasa preferencial en plazos fijos en las entidades. Así, lo que debería servir para aumentar la producción termina convirtiendo a las pymes en rentistas, que se apropian de un diferencial de tasa de interés, todo a costa de los fondos públicos. De todos modos, si los pequeños industriales quisieran aplicar esos préstamos a sus actividades, no podrían colocar en ningún lado su producción -o sea, no podrían realizar la plusvalía. Mientras el diario El País comenta que en Argentina una parte de la población come una vez por día, el país enfrenta una crisis de sobreproducción. Lo que resulta paradojal no es otra cosa que la dinámica fundamental del capital, que no produce para satisfacer necesidades sino para obtener un beneficio, el cual sólo puede conseguir vendiendo su producción a un precio que asegure una tasa de ganancia media.

Esta crisis de fondo muestra que el gobierno no puede enfrentar la bancarrota capitalista con medidas exclusivamente financieras o monetarias. La caída de la tasa de beneficio supone un ataque a los trabajadores de características históricas, tanto en el plano obrero-patronal como en las políticas públicas, ya sea con reformas previsionales aún más reaccionarias o despidos en masa de empleados públicos. Las patronales parecen tener conciencia de este hecho, como lo prueban los despidos y suspensiones que están creciendo de modo cada vez más masivo, asociados a ataques a los convenios colectivos, y que empiezan a ser ejecutados por las grandes empresas, incluso a riesgo de comprometer la reelección presidencial.

Macri, cuestionado

La envergadura de la bancarrota económica se refleja de modo directo en las encuestas de opinión. Incluso las consultoras que trabajan para el oficialismo muestran una caída permanente en la imagen presidencial y en su intención de voto. El intento de superar esta declinación mediante una polarización con el kirchnerismo está cada vez más cuestionado, con el aditamento de que incrementa el llamado ‘riesgo político’. Los cuestionamientos al gobierno crecen dentro de la misma coalición oficial. Con independencia de las maniobras y especulaciones que se trazan, el solo hecho de que se baraje la posibilidad de una interna presidencial dentro de Cambiemos representa un cuestionamiento a la figura presidencial y un intento de relevo de Macri por parte de sus propios socios. Entre éstos son varios los que le recuerdan que Vidal mide más en las encuestas, en una clara intención de producir un recambio de candidatos dentro del PRO.

El cuestionamiento a Macri proviene de las otras instituciones del Estado. Es el caso de la Corte, que tiene en carpeta varios fallos contrarios al gobierno. Más en general, el aparato judicial se ha transformado en un escenario de guerra, donde confrontan las distintas camarillas capitalistas, sus partidos y lobbystas, e incluso agentes de los servicios de inteligencia de distintos Estados extranjeros. La crisis capitalista, que pone en cuestión la sobrevivencia de muchos capitales, cobra una forma última en la Justicia donde se sustancian finalmente las relaciones de propiedad.

Que la crisis la paguen los capitalistas

Tanto para los capitalistas como para los trabajadores, la bancarrota económica plantea una restructuración de fondo de las relaciones entre las clases -o sea, quién paga la crisis. Para los trabajadores se impone tomar la iniciativa para derrotar la ofensiva capitalista de los Macri, los gobernadores y el FMI, por medio de la lucha y la acción directa, enfrentando los despidos masivos y las rebajas salariales, reclamando un paro activo de 36 horas y preparando por medio de la agitación y la organización las ocupaciones de fábrica contra los despidos masivos.

La izquierda debe colaborar con este trabajo, participando y auspiciando estas luchas, y ofreciendo un programa de salida, que plantee el reparto de las horas de trabajo, un plan de obras públicas financiado con impuestos al capital bajo control obrero, el no pago de la deuda, la nacionalización del sistema financiero y de los recursos naturales bajo el control y la gestión de los trabajadores. Este programa, para que la crisis la paguen los capitalistas, debe ser el eje de una fuerte campaña política del Frente de Izquierda en todos los planos de la lucha de clases: el de la acción directa de los trabajadores, en las elecciones que ya se desarrollan en diversas provincias y en una propuesta política nacional programática y electoral que nos fisonomice claramente como el tercer bloque político en la disputa entre el macrismo y el relevo pejota-kirchnerista en marcha.

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